Las religiones, por lo menos, no
han ignorado el papel del sentimiento de culpa en la cultura. Y en efecto
sustentan la pretensión cosa que yo no había
apreciado en otro trabajo — de redimir a la humanidad de este
sentimiento de culpa, que ellas llaman pecado.
Sigmund Freud
Síntesis y conceptos claves
La presente elaboración hace
parte de una pesquisa que comenzó, hace algunos años atrás, en otro contexto y
con algunos avatares y se inspira en la obra de Paul Ricoeur intitulada Freud:
una interpretación de la cultura. La pregunta de investigación, pese a que no
se encontró un desarrollo significativo al realizar el estado del arte, dio
lugar a una respuesta singular (en dos libros) cuya síntesis plasmamos aquí y esperamos contribuya a
seguir pensando los problemas relacionados con la finalización real de los
análisis y el no menos importante asunto de la formación del psicoanalista.
La investigación parte de una
afirmación provocadora de Jacques–Alain Miller, se gesta y se desarrolla en un
contexto universitario y se continúa en un cartel de la NEL-Medellín, espacio
en el que se pudieron afinar, poco a poco, varios de los elementos que hacen
parte de la respuesta al interrogante.
La afirmación de Miller, en esencia, es la siguiente: “se puede decir, en tono
de chiste, que el núcleo de la formación de los analistas es curarlos del
sentimiento de culpa. No hay tratamiento posible con culpa” (1998, pp.
362-363).
El concepto de sentimiento de
culpa, tal y como se observa hoy en el ámbito de la clínica, es un efecto de la
función del Significante-Nombre-del-Padre en la época de su declinación y un
factor esencial en la etiología de la depresión y otros síntomas actuales. Es
también la base del lazo social. En este sentido el psicoanalista requiere,
para realizar su actividad clínica, haber reducido en el curso de su propia
cura los embates e imperativos de la instancia cruel. Lo anterior quiere decir
que si el analista no ha reducido el componente imaginario de su culpa, obrará
en su ámbito clínico desde la moral, es decir, por buena fe, buenos motivos o
buenas intensiones, pero nunca desde la perspectiva del deseo y de la
responsabilidad ética. Y de nada sirve, como dice Ricardo Horacio Etchegoyen,
“Ser buena persona si se es mal analista. ¡Y habría que ver, todavía, qué clase
de buena persona somos cuando procedemos de esta manera!” (1993, p. 482).
El sentimiento de culpa en el
psicoanálisis aparece siempre ligado a otros conceptos, está en estrecha
relación con conceptos tales como censura, conciencia moral, ética,
responsabilidad, ideal del yo, imperativo categórico, superyó, punición,
angustia, deseo, castración, moción maligna, tabú, odio, padre, etc.; y se expresa
de múltiples maneras por medio de “mandatos insensatos que irrumpen
sorpresivamente en el más ‘normal’ de los sujetos, compulsiones irrefrenables,
coerciones inexplicables, obediencias maso-quistas, rasgos de carácter
indelebles, prácticas autodestructivas silenciosas o estrepitosas, actos
expiatorios y sacrificiales ligados a culpas infundadas, estruendosos fracasos
como respuestas al triunfo, extraños empeoramientos en momentos de franca
mejoría, delitos perpetrados para obtener castigos que apacigüen oscuras
culpas, crímenes inmotivados, cobardía moral ”(Gerez-Ambertin, 1993, p. 9).
Problemas derivados de la pregunta de investigación
Michel onfray, el polemista más
furioso de Freud y del psicoanálisis en la contempora-neidad, en un debate
realizado en París, publicado en Febrero de 2010, con Jacques-Alain Miller, a
quien no sólo puso en falta sino que, además, le hizo reconocer tras el enojo
suscitado y el arrinconamiento al que lo sometió con sus argumentos, la falta
de análisis personal y, de paso entrever, la de muchos analistas que, en
circunstancias simi-lares de confrontación a partir de la filosofía o de otro
campo del conocimiento, son in-capaces de conservar la calma, cuando algún
opositor cuestiona luminarias como: Freud, Klein, Lacan u otro autor, o a los
postulados esenciales del psicoanálisis.
El debate Michel Onfray –
Jacques–Alain Miller, que se puede observar en Internet, se hizo a propósito
del libro de Onfray El crepúsculo de un ídolo, donde el filósofo sostiene que
el psicoanálisis no es una ciencia, sino una filosofía que no cura nada.
Cuestión que en el presente ensayo se podrá constatar o, por el contrario,
inferir a partir de los indicios que aquí introducimos, sus efectos
terapéuticos y en qué condiciones específicas en la dirección de la cura.
De la afirmación de Miller se
desprende la pregunta que orientó el estado de la cuestión. ¿Cuál fue ese
interrogante? La pregunta de investigación que de todo este recorrido sur-ge,
luego de revisar textos de Freud, Lacan y Miller es: ¿Es la cura del
sentimiento de culpa el núcleo de la formación de los analistas?
En torno a la constitución de los
problemas para el psicoanálisis, nos preguntamos con Miller: ¿cómo surgen y
cuáles son los axiomas que debemos establecer?, ¿cómo hacer para que no germine
la evidencia, que, después de todo, no incita más que a la plegaria? Las
preguntas, lo mismo que las elaboraciones que se desprenden del recorrido,
permiten pensar en un problema de investigación.
Ahora, ¿de qué problema se
trata?, ¿es un problema serio, relevante, el que el analista no se haya curado
del sentimiento de culpa y por ello tienda a operar, en muchos casos, con sus
pacientes del lado de la moral, la buena fe o la bondad religiosa, al punto que
descuide los principios que rigen su práctica?
En medio de tales digresiones
brotan aún los siguientes interrogantes: ¿qué tiene de chistosa esa
afirmación?, ¿acaso hace reír a alguien?, ¿qué quiere decir Miller con eso de
“en tono de chiste”?, ¿sobre qué aspecto, de manera sutil, querría llamar la
atención?, ¿qué quiere decir “el núcleo de la formación de los analistas”?,
¿acaso núcleo significa aquí esencia en sentido griego? Si así fuera, ¿qué
verdad estaba medio diciendo?, ¿era acaso una crítica, una confrontación a los
analistas? Ahora, ¿a cuáles analistas se refería?, ¿a los analistas de la IPA
(Asociación Psicoanalítica Internacional), a los kleinianos, a los mismos
lacanianos o a otros, a cuáles?, ¿qué implica curarse del sentimiento de culpa?
y, más aun, ¿todos los sujetos, independientemente de la estructura
psicopatológica, se podrían curar de tal sentimiento?
En el caso de ser esto posible,
¿cómo habría que entenderlo y cuál es la posición del sujeto ante sus
semejantes después de efectuarse dicha cura?, ¿es posible que un analista lleve
a cabo un tratamiento con éxito si se siente culpable, si no se ha curado del
sentimiento de culpa?, ¿qué tipo de dispositivo se requiere para que un sujeto
se cure del sentimiento de culpa?, ¿es acaso la sesión corta, o mejor
cortísima, de cinco minutos, o la no–sesión, la indicada para ello?, ¿no se
está acaso frente a un gran problema, frente a una gran paradoja vista desde
los principios de la práctica psicoanalítica?
Pues, ¿cómo poner a operar en la
sesión analítica la regla fundamental, con todo lo que ella implica, en un
tiempo tan corto que a la postre no da ni para tramitar las resistencias?, ¿o
será que la sesión corta requiere de un tipo de analizante distinto, es decir,
uno que no se resista y hable inmediatamente de la verdad oculta en su
inconsciente?, ¿dónde están esos analizantes?, ¿quizá en nuestra imaginación?
¿Qué sujeto en la vida de relación, esto es, en el vínculo con sus semejantes,
no se siente culpable al punto de sentir que en algo ha fallado y, por tanto,
se ve impelido a enmendar, a rectificar? ¿Qué diferencia hay entre un cínico o
canalla y un sujeto que se ha curado del sentimiento de culpa? ¿Producen la
cura del sentimiento de culpa canallas u otro tipo de sujetos con una
sensibilidad particular en el ámbito relacional?
Nociones preliminares
Ahora, se entiende por
sentimiento de culpa, digámoslo con Lacan:
El deseo del hombre largamente
sondeado, anestesiado, adormecido por los moralistas, domesticado por los
educadores, traicionado por las academias, se refugió, se reprimió muy
sencillamente, en la pasión más sutil y también la más ciega, como nos lo
muestra la historia de Edipo, la pasión del saber (1959,1960/1986. pp. 385-386).
En esta perspectiva es importante
advertir que existe un vínculo primigenio entre el saber y el goce, vínculo
que, a nuestra manera de ver, obstaculiza la percepción del paisaje de verdad
implícito en el mensaje de Miller, vehiculizado a través del recurso del
chiste.
Además, este examen atraviesa por
una reflexión en la que lo ético es el telón de fondo o el hilo conductor, pues
en la base de toda elaboración teórica sobre la responsabilidad está el
concepto de sentimiento de culpa, el cual simultáneamente presenta dos
posibilidades: de un lado, constituye el punto de partida de todas las
reflexiones histórico-filosóficas sobre la ética y, de otro, representa un
obstáculo para la expresión responsable del sujeto pues, tal y como observamos
en la experiencia y en la práctica del psicoanálisis, el sentimiento de culpa
es la enfermedad de la posición ética del sujeto. Lo que quiere decir que en
tanto actuamos por sentimiento de culpa obramos por buenos motivos o por buenas
intenciones, y la práctica del psicoanálisis no se inscribe en el plano de las
discusiones morales. Por ello Lacan dice: “Hacer las cosas en nombre del bien y
más aún, en nombre del bien del otro, esto es lo que está muy lejos de ponernos
al abrigo, no solo de la culpa, sino de toda suerte de catástrofes
interiores” (1959, 1960/1986, p. 380).
Una cuestión es la idea cristiana
de culpabilidad, ligada a la generalidad moderna de moral, y otra bien distinta
la noción de responsabilidad, articulada al concepto griego de ética. La
moralidad se relaciona con lo universal, el deber ser, lo ideal, la moral
pensada, lo teórico, lo religioso-teológico, lo externo y las normas; mientras
que lo ético, desde la perspectiva de los griegos, se fundamenta en lo
particular, el ser, lo real, la moral vivida, lo práctico, lo filosófico-civil,
lo interno y las convicciones. Así pues, la moral se caracteriza por ser
capitalista, moderna y culpable en sentido judeo-cristiano, en tanto que la
ética es humana, social, griega y responsable.
En esta dirección es lícito decir
que la cura del sentimiento de culpa, como efecto de destitución de la moral o
del superyó capitalista, implica, en términos griegos, una dinámica semejante a
la que describe Platón, a partir del diálogo entre Sócrates y Alcibíades, con
el concepto de epimeleia heautou o cuidado de sí. Algo que en Freud encontramos formulado,
desde la fase prepsicoanalítica (1890), como tratamiento psíquico o tratamiento
del alma.
En tal diálogo, cuyos efectos
advertimos en pensadores romanos como Séneca, en su célebre escrito sobre La
tranquilidad del alma, y aun en autores contemporáneos como Michael Foucault en
La Hermenéutica del sujeto y en Las Tecnologías del yo, se observa una profunda
preocupación por el cuidado de sí (en sentido ético-estético), el cuidado de
los otros (en términos políticos) y el cuidado de las cosas en la perspectiva
científica. El cuidado de sí es la cuestión esencial del mandato délfico del
“conócete a ti mismo” o gnothi seauton; cuestión que tiene resonancias en el
pensamiento contemporáneo de Pierre Hadot, autor que propone considerar (de
manera convincente y lúcida) a la filosofía antigua como una practica de
ejercicios espirituales, los cuales, como en la experiencia
psicoanalítica, tendrían el objeto de
suscitar una transformación interna o subjetiva.
Entonces, curarse del sentimiento
de culpa es curarse, desde la perspectiva griega, no cristiana ni medieval,
nada más ni nada menos que de lo imaginario y ello requiere, tal y como lo
constatamos en la clínica psicoanalítica, de una elaboración singular que
implica tiempo, condiciones estructurales en lo psíquico y otros factores más.
Según Lacan los sentimientos operan en el registro de lo imaginario. Ahora,
¿qué implica para el psicoanálisis curarse un sujeto del sentimiento de culpa,
como criterio del final del análisis, y formarse como psicoanalista? Es lo que
a continuación vamos a tratar de esbozar; pero antes se podría conjeturar que
la reducción o cura del sentimiento de culpa, en el psicoanálisis, es el
hallazgo sucedáneo del intento fallido por Freud, en la época de 1884, sobre
las propiedades analgésicas de la cocaína.
Ahora bien, el gobierno o la
primacía de la conciencia moral, en tanto no se desmonte por medio de la
operación analítica, hacen del sujeto un cobarde moral. La cobardía moral, en
último término, no es más que la sujeción temerosa y vacilante del yo ante los
poderes de la conciencia moral, los cuales, en el caso del piadoso, hacen de
este un sujeto impotente, timorato e incapaz de lanzarse a la aventura de
conquistar alguna empresa. Es el caso del sujeto aquejado por la patología
contemporánea de la depresión. Sin embargo es necesario decir, con el propósito
de hacer una distinción de finura, que mientras el superyó presiona al caos, a
la destrucción de los vínculos y a la muerte, la conciencia moral se articula
con la ley que regula y preserva la vida.
Según Marta Gerez,
[…] la conciencia moral freudiana
difiere de la kantiana, en la que la voz interior pende de un principio
objetivo y de validez universal, es absoluta e insobornable; la freudiana, en
cambio, por su relación con el deseo inconsciente, puede negociar y tornarse
sobornable. El neurótico conoce el recurso del engaño y la mentira (sobre todo
el histérico): modo privilegiado de amoroso soborno. (1999, p. 279)
La conciencia moral es para
Freud, a diferencia de las ilusiones de Kant, un poder incrustado en la
subjetividad con el único fin de coartar e inhibir las iniciativas del sujeto a
nivel del pensamiento, la palabra y la acción. Lo problemático es que se rige
por una gran antinomia, pues unas veces prohíbe y otras lanza al sujeto al
error para poderlo castigar. Es de este modo como la conciencia (del yo) y la
conciencia moral conforman una especie de pareja, en la que esta última hace
las veces de padre hostigador, y aquélla ¿de niño indefenso que es culpado y
castigado hasta por la más inofensiva fantasía? “El padre amado e idealizado
—precisa Marta Gerez— del que se espera amparo, es también degradado, odiado,
temido y, por eso, cabe aguantar de él castigo y aniquilación” (1999, p. 138).
La conciencia moral (que en las
elaboraciones de Freud recibió el nombre de superyó), en cuanto ideal del
sujeto (o del yo, como se muestra en el esquema o sistema funcional complejo),
es algo que lo hace sufrir en el caso de no acogerse a sus mandatos y
exigencias. Actitud que, como podemos inferir, no se corresponde con la manera
de operar del analista en la cura, y le impide poner en funcionamiento como
mínimo dos principios: el de la abstinencia y el de la neutralidad, aunque hoy
día se dice que ésta no existe y es más bien una cuestión calculada. En el
psicoanálisis lacaniano la noción de sujeto supuesto saber es, por la vía de lo
imaginario, el nombre del analista, un Otro más o menos consistente que representa
un poco a los dioses de la antigüedad.
A partir del siguiente modelo (o
sistema funcional complejo) procuramos representar, con fines didácticos, el
dinamismo psíquico (entre el superyó o conciencia moral y el yo) de Freud; sin
pretender plasmar en él una idea obsesiva del localizacionismo de la
neuropsicología contemporánea, la cual, dicho sea de paso, establece que el
sentido de la ética y la autoconciencia guardan estrecha relación con las
conexiones entre el sistema límbico y el área prefrontal.

Iniciemos comentando el modelo
anterior desde la perspectiva de la segunda teoría tópica y, particularmente,
desde la visión de Freud del aparato psíquico en el Esquema del psicoanálisis.
En este texto piensa el ello como la instancia más arcaica de tal aparato,
órgano que compara o asimila a un telescopio o a un microscopio por estar
compuesto de varias piezas. Pues bien, según el modelo diríamos que dicho
instrumento estaría integrado por el ello, el superyó y el yo, esencialmente;
aunque podríamos incluir también aquí la realidad exterior y dentro de ella,
como parte constitutiva, el organismo viviente o cuerpo, pues sin el mundo
exterior —real— objetivo (del cual hacen parte también, y sobre todo, los
progenitores y el medio social, en cuanto otro como “tesoro de los
significantes”), no sería posible pensar en la conformación de un útil mental o
de la subjetividad, ya que ésta es la consecuencia de un proceso de
interiorización de imágenes o representaciones por medio del lenguaje, los
significantes y el discurso.
Tal artificio o aparato
psicológico, podría decirse, está estructurado como un lenguaje, entonces el
discurso que opera en el mundo que rodea al recién nacido va siendo
interiorizado poco a poco, y constituye la subjetividad o el aparato psíquico.
La segunda tópica de Freud, esa que según Miller no dejó de ser reprochada por
Lacan, era una tentativa de considerar la experiencia de lo real, que traducía
la promoción del carácter.
El sentimiento de culpa, bien sea
consciente o inconsciente, es un producto o resultado de las relaciones
múltiples y complejas del sujeto-yo, primero con los padres y luego con el
superyó, como continuador y representante de éstos. Entonces, ¿cuál es la razón
por la que hemos representado así el aparato psíquico freudiano? Desde la
perspectiva hegeliana, como indicamos a continuación, decimos que tanto el
superyó como el yo pueden ser leídos o representados como dos autoconciencias
en pugna. Donde, por ejemplo, la última de ellas, o sea la autoconciencia del
yo, busca el reconocimiento de la otra, la autoconciencia del superyó. Cabe
anotar que en el texto que a continuación vamos a referenciar el creador del
psicoanálisis presenta, para ambas instancias, la cualidad psíquica de la
conciencia; otra razón adicional por la que aquí hablamos de dos
autoconciencias, la del amo y la del esclavo.
El ello, según Freud, en el
Esquema del psicoanálisis, es portador único y absoluto de la cualidad psíquica
de lo inconsciente. Es el contenedor principal de la pulsión de muerte, impulso
destructivo del que se nutre o abastece el superyó, dada su cercanía a él. En
este sentido el superyó, por el lugar que ocupa en dicho modelo, opera como una
entidad cuya función es encubrir ante el yo la verdad pulsional contenida en el
ello, lo que el yo no advierte del superyó, como tampoco las más de las veces
el niño en la relación con el padre o los sustitutos, dado que lo percibe como
un ideal, como algo sin fallas, consistente y perfecto; es el portador de un
“veneno mortal” con el que lo hostiga, lo castiga y lo culpa.
Recordemos que entre ambas
instancias se produce una relación sado-masoquista, como la que bien podríamos
atribuir con Hegel a la dialéctica entre
el amo y el esclavo, aspecto que denota o representa bastante bien las
relaciones del niño con el padre. Con base en este modelo se puede leer la
historia de Edipo, lo mismo que la tragedia del hombre en el ámbito
sociocultural. ¿Qué produce entonces el superyó, en cuanto amo despiadado y
cruel, en la esencia o estructura del yo? En la parte superior ubicamos el
sentimiento de culpa, el cual se da, según Freud, en la conciencia del yo, y
debajo de este ubicamos la culpabilidad inconsciente como consecuencia o
producto de la operación sádica del superyó.
El superyó posee las cualidades
psíquicas de lo inconsciente, lo preconsciente y lo consciente, las mismas
cualidades respecto al yo. Así que el factor común a las tres instancias es lo
inconsciente, que opera en todo el aparato psíquico, esto es, entre las
instancias como un hilo conductor o como un vaso comunicante. Nótese que el yo,
al estar entre el superyó y la realidad exterior, es la sede del sentimiento de
culpa, y es producido primero por los padres y luego por el superyó como
continuador de las acciones de ellos. Ahora, la necesidad inconsciente de
castigo, la reacción terapéutica negativa o el beneficio secundario de la
enfermedad no son más que consecuencias del embate de la instancia crítica
sobre el yo.
Jacques Lacan, en su tesis De las
psicosis paranoicas en sus relaciones con la personalidad (1932), dice: “El
sujeto queda aliviado de la tiranía de los objetos exteriores en la medida en
que se realiza esta introyección narcisista, pero también, por otra parte […],
debido a esa introyección misma, el sujeto reproduce esos objetos y les obedece”
(1984b, p. 296). A este respecto, al referirse a la introyección narcisista,
apunta al lazo entre el superyó y el yo, no deja de acentuar el compromiso del
superyó con el ello, ya que en el superyó se juega siempre alguna satisfacción
pulsional y es lo que da a la función de autocastigo y a la tendencia
autopunitiva su ligazón con la categoría freudiana de necesidad de castigo .
Elementos esenciales implicados en la respuesta
En primer lugar, digamos que la cura del sentimiento de culpa
implica, como reducción de lo imaginario, un desmonte paulatino del superyó
hostil. Sobre esto Freud da algunos indicios en su obra Análisis terminable e
interminable, cuestión que requiere, tal y como el mismo Freud en los inicios
de esta obra lo indica, esfuerzo, dinero y tiempo. Por ello va a decir:
La experiencia nos ha enseñado
que la terapéutica psicoanalítica —la liberación de alguno de los síntomas
neuróticos, inhibiciones y anormalidades del carácter— es un asunto que consume
mucho tiempo. Por ello ya desde el principio se han hecho intentos para
abreviar la duración de los análisis. Tales intentos no requieren justificación
y es evidente que se basan en imperativas consideraciones de razón y de
conveniencia (Freud, 1981, p. 3339).
Lo anterior quiere decir que no
es posible justificar un análisis hasta el final y con sesiones cortísimas,
como lo señala Elizabeth Roudinesco en su obra Lacan: Esbozo de una vida,
historia de un sistema de pensamiento.
El desmonte del superyó es algo
que analistas como Ricardo Horacio Etchegoyen han intentado explicitar del
siguiente modo: “La contribución de Sachs (1925) sugiere que el cambio
estructural que provoca el análisis depende de una modificación del ideal del
yo (superyó) […]. El superyó del paciente se conforma a la actitud del superyó
analítico” (1993, p. 397), y unas cuantas páginas más adelante comenta que en
el curso de la cura “dado el comportamiento real del analista y en el supuesto
de que el analizado [analizante diríamos con Lacan] tenga un mínimo contacto con
la realidad, éste incorpora al analista como un objeto diferente del resto, y a
esto Strachey lo llamó superyó auxiliar” (1993, p. 401).
Con lo anterior, el analista
“ipeísta” quiere decir que en el curso de un análisis, dada la actitud que ha
de ser, según Bión “sin memoria y sin deseo”, se ponen en contacto dos clases
de superyó: uno arcaico, que corresponde al del analizante, y otro auxiliar, el
del analista no censurador ni culpabilizante ni castigador. Así, por
incorporación de la ima-gen o representación del analista la periferia del
superyó arcaico, acusador y amenazante, va dando lugar, como si se tratara de
un injerto, al superyó auxiliar. La nueva instalación en la periferia del
superyó, a imagen de la actitud no critica del analista, opera en lo sucesivo
con el yo de un modo por entero diferente a como el superyó arcaico
fun-cionara.
La clínica del superyó se
articula con la idea del Otro malo, la cual evoca a la paranoia. Dicha noción
remite a una cuestión estructural, a una rivalidad primordial que, si es lícito
decirlo así, permite inferir que la clínica del Otro malo es múltiple y
dinámica, tal y como lo sugieren en sus casos clínicos varios analistas como
Miquel Bassols, Carole Dewambrechies-La Sagna, Antonio Di Ciaccia, Philippe De
Georges, Jean-Daniel Matet y Alfredo Zenoni, bajo la dirección de Jacques-Alain
Miller en la Maison de la Mu-tualité, en Paris. Así pues, el Otro malo no es
sólo un individuo, puede ser también el órgano que martiriza en la hipocondría
o el superyó que aflige y devora en la depresión profunda o en la melancolía.
El superyó es el causante del
sentimiento de culpa y por ello debe ser extraído o extir-pado su modo de
operar arcaico e imaginario, como si se tratara de una substancia ve-nenosa que
corroe en la subjetividad. Sin embargo, es claro que para una gran mayoría de
autores el propósito del análisis no consiste en desculpabilizar al sujeto, lo
cual no sólo es poco probable y reprochable desde la perspectiva de muchos
ángulos disciplina-res, sino que además tiene muy poco que ver con la tesis que
aquí exponemos.
Esta es una forma de la
rectificación subjetiva que luego hace que el analista no adopte, en el trato
con sus pacientes, una actitud como la de un superyó hostil. Ahora, es
proba-ble que se reproche, conceptualmente, traer el problema de la enseñanza
de Miller y La-can, para solucionarlo con teorizaciones de un kleiniano. Sin
embargo, nos podríamos interrogar: ¿Es acaso el psicoanálisis una construcción
solamente lacaniana? Desde luego que no. Como tampoco la física es solo
kepleriana, newtoniana o einsteniana.
Entonces, es apenas lógico que al
desmontarse el superyó del analizante y tornarse más laxo, tolerante y menos
culpabilizador con el yo, éste llegue a sentirse más liviano de las presiones
de su amo. Tal es la cura del sentimiento de culpa, la cual plantea una
diferencia notoria entre el analista, quien no opera como el superyó arcaico
del paciente y los demás terapeutas, llámense psiquiatras, psicólogos o
psicoterapeutas, pues ninguno de éstos, al faltarles la experiencia del
análisis con el respectivo desmonte del superyó, estaría en condiciones de
adoptar durante años tal actitud en la relación con un paciente.
La experiencia enseña que, a lo
sumo, pueden imitarla durante un periodo relativamente corto, pero nunca
durante un tiempo largo, constituyendo esto la verdadera prueba de fuego del
analista. Así que una cosa es practicar el psicoanálisis con carencias esenciales
en la formación y otra muy distinta ser psicoanalista. El analista por
excelencia es el analizado hasta el final.
En segundo lugar, la reducción
del sentimiento de culpa implica la emergencia del deseo del sujeto y con ésta
la conquista de sus posibilidades. El sentimiento de culpa, tal y como nos lo
enseña Lacan en La ética del psicoanálisis, es un obstáculo para que el sujeto
actúe en conformidad con su deseo, el cual no es sin una posición responsable y
ética. La cura del sentimiento de culpa, parafraseando a Miller, es el hueso de
un análisis, asimilable a lo real del síntoma y al objeto a. Entonces, culpa y
deseo se oponen para el yo en el psicoanálisis.
El superyó, al ser el amo del yo
y al estar íntimamente ligado a él, tiene acceso a cada pensamiento, deseo o
fantasía del sujeto. Es sapientísimo y probablemente en su funcionamiento se
han apoyado las religiones, sobre todo la judeo-cristiana, para construir la
idea de dios, como significante de un saber mirante y acusador, al cual se le ha
atribuido siempre el ser omnisciente, omnipresente y omnipotente,
características todas que calzan perfectamente con la noción de padre que todo
niño se forma en la mente en los primeros años.
El superyó, en tanto
representante en la psique de la instancia parental, tiene por obra continuar
con las funciones de ésta, las cuales consistían, en lo esencial, en coartar el
deseo del niño. En este sentido, si el sueño y su texto es cumplimiento de
deseo, la instancia superyoica, en cambio, introduce un límite en el que los
sueños autopunitivos, las pesadillas y la necesidad de castigo son la excepción
de aquel cumplimiento. Mientras el deseo apunta a la libertad, a la realización
de las posibilidades del sujeto, la culpa en cambio va dirigida a impedirle al
yo volar con las alas del deseo, por ello la ubicamos en el psicoanálisis del
lado de las inhibiciones, la necesidad inconsciente de castigo, la reacción
terapéutica negativa y el beneficio o ganancia de la enfermedad.
Sin embargo, la culpabilidad
indica el camino del deseo. Mientras el deseo es un efecto de la operación de
desculpabilización analítica, la culpa, la cual paraliza al sujeto impidiéndole
ser y crear, es un desenlace de la acción sádica del superyó en el yo. La
emergencia del deseo, o lo que conocemos como “el deseo del analista”, no es
otra cosa que la secuela del desmonte paulatino del superyó y la reducción del
sentimiento de culpabilidad. Esto nos permite inferir que donde hay deseo el
sentimiento de culpa se encuentra reducido o, a la inversa, donde hay
sentimiento de culpa, el deseo se contrae y aquel se expresa por medio de los
actos como necesidad inconsciente de castigo. Así una acción puede estar
determinada por el deseo, apuntando en este caso a la responsabilidad ética; en
tanto que otra puede estar comandada por el sentimiento de culpa y estar
dirigida al caos y al estrago. Mientras la primera es una postura
psicoanalítica y lacaniana, la segunda es filosófica, de corte kantiano.
En tercer lugar, tal operación
requiere un efecto terapéutico, el cual consiste en lo esencial en experimentar
el yo una reducción de las tensiones provenientes de su amo interno. A esta
reducción, no a la supresión total que es imposible, al menos en las neurosis,
la hemos denominado “cura del sentimiento de culpa”. De un lado el sentimiento
de culpa es experimentado como malestar, como mortificación o como dolor de
existir y, de otro, se expresa como necesidad inconsciente de castigo,
implicando el cuerpo, las relaciones con los semejantes y las posibilidades de
la vida.
Quizá el mejor ejemplo siga
siendo Edipo, quien al final termina en condiciones tan lamentables que se
podría decir que el sentimiento de culpa invade su reino e involucra lo
psíquico, el cuerpo y los distintos factores que se relacionan con lo social,
como lo económico. Quien se siente culpable, y por ello convencido de merecer
un castigo, busca a este por distintas vías, pues la meta es sólo una, pagar
una dura pena. Un sujeto así no puede experimentar, en términos de Séneca, “la
tranquilidad del alma”. Es la lógica de Freud en “Los delincuentes por
sentimiento de culpa”, texto esencial que nos podría alumbrar la problemática
contemporánea de la criminología en nuestro medio.
Los actos de fracaso y
autocastigo, por ejemplo, a los que precipita el superyó no son el resultado de
perturbaciones del sistema nervioso en lo que se conoce como ataxia, ni de un
proceso químico malhumorado, ni de posesiones demoníacas, ni de manipulaciones
del oráculo o de extravagantes embrujos ni el resultado del movimiento de los
astros o del puro azar. Así, lo que la compulsión oculta como síntoma es lo
real de la necesidad de castigo movilizada por la culpabilidad inconsciente.
¿Qué es lo que se repite? Freud y Lacan nos lo enseñan y lo constatamos en la
clínica, se reitera compulsivamente lo que se ha configurado como malestar,
sufrimiento o goce.
Algo así como una búsqueda
incesante de las condiciones favorables al sufrimiento o al goce. Como si el
sujeto no pudiera frenar en sus aspiraciones estoicas de aflicción y de
mortificación y prefiriera el dolor antes que el placer. Como si la repetición
compulsiva constituyera algo así como la oportunidad de recordar, de revivir el
pasado y, por tanto, de volver a vivir en el presente situaciones que fueron
desagradables, pero que no por ser pasadas y penosas se dejan de perpetuar.
Pues bien, tras el desmonte del superyó, la reducción de la culpa y de la
necesidad inconsciente de castigo, nos lo enseña la experiencia, estas
compulsiones se atenúan.
En términos griegos, digamos que
al operar así el psicoanálisis no solo realiza el mandato délfico, sino que,
fundamentalmente, crea las condiciones para que se lleve a cabo el cuidado de
sí. Sólo el que no tiene las cuentas claras en relación con su deseo se
culpabiliza y termina atentando contra sí. En esta perspectiva, es bien
conocido para el psicoanálisis que hay sujetos que fracasan al triunfar por
sentimiento de culpabilidad. El cultivo de los síntomas aporta al sujeto la
oportunidad para satisfacer de manera sustitutiva, como en las formaciones del
inconsciente, entre ellas el chiste, sus impulsos.
En cuarto lugar están los
principios de la dirección de la cura. Al tratarse de un análisis prolongado en
el tiempo —ya que es imposible desmontar al superyó hostil en unos cuantos
meses de “análisis” con sesiones excesivamente cortas— se crean las condiciones
para que tales principios se inscriban en la subjetividad del analizante, quien
posteriormente podrá ejercer como analista si es su deseo. Esta inscripción da
lugar, más adelante, a la formación didáctica del futuro psicoanalista, quien
continúa su proceso formativo a través de su práctica, los controles y el
dispositivo del pase, actividades todas encargadas, a diferencia de las
formulaciones teóricas, de aplicar los principios de manera afectiva y puntual.
Según Miller en “Política lacaniana” existe en la política de Lacan tres
niveles: la institución, el pase y la dirección de la cura. El pase presenta, a
su vez, tres caras: la institucional, la epistémica y la clínica. Ahora, “no
hay clínica sin ética”, sin responsabilidad ética, como tampoco, “tratamiento
posible con culpa”, la cual es la patología, la enfermedad de aquella.
Entonces, dado que curarse del
sentimiento de culpa no es un sencillo proceso de elaboración de días o de unos
cuantos meses, es probable que al conquistar este propósito el analizado haya
inscrito en la subjetividad, como una convicción que nada la podrá contrariar
jamás, los principios de la dirección de la cura como parte de su formación didáctica.
Sólo que este aprendizaje didáctico es inconsciente, se logra sólo en el
análisis y no por medio del estudio de la teoría. Los principios aquí son,
pues, todos aquellos elementos imprescindibles para que se dé una cura y no
tienen nada que ver con conceptos fundamentales como en ocasiones se cree, pues
hay quienes consideran que al leer Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis, de Lacan, con ello estarían facultados para orientar una cura,
sin que la verdad de tales principios se inscriba. Los principios, dice Miller
en Introducción al método psicoanalítico, “se transmiten sin explicitación a
través del propio análisis” (Miller, 1997, p. 15). El mismo Miller nos recuerda
que:
Lacan no dice que alguien se
transforme en analista de la escuela por que enseña mucho, porque publica
mucho, porque tiene […] muchos amigos, porque sabe decir a otro la palabra que
conviene para tener partidarios. No es haciendo la pequeña política como
alguien se transforma en analista de la escuela, sino haciendo su análisis […].
Realmente puede decirse que tal institución favorece al discurso analítico, por
lo tanto, favorece el análisis. Eso significa no engañarse en lo que respecta a
la relación entre psicoanálisis e institución; saber qué es un medio y qué es un
fin. Crear una escuela significa estar dispuesto, en todo momento, a sacrificar
la institución, si es necesario, a favor del psicoanálisis (Miller, 1998, pp.
519, 520).
En quinto lugar está la caída de
los ideales, como efecto de la reducción del sentimiento de culpa. En esta
perspectiva, dicha reducción es la operación o cirugía en la subjetividad capaz
de producir la superación del padre, la destitución del Otro como sujeto
supuesto al saber, también conocida en nuestro campo como la inexistencia del Otro,
la identificación al síntoma, como algo real e irreductible y, en último
análisis, la reducción de lo imaginario. De lo anterior se desprende que el
culpable no es un héroe y el analizado si bien atravesó el desierto de su
fantasma y ha conquistado la posición de sujeto en falta, lo cual no es nada
honorable, no es tampoco un ideal para nadie ni tampoco un amo. Si en algo es
amo quien se ha analizado hasta el final, es en ser amo de la falta, un sujeto
identificado a lo real de la falta y por ello no puede operar del lado de los
ideales, los cuales tienden precisamente a obturarla.
Es importante tener este factor
en cuenta porque si el final del análisis genera el efecto de la identificación
a la falta, también conocido como identificación al síntoma, es decir, a un
vacío estructural, a algo irreductible y de lo que no es posible escapar, es
perfectamente entendible por qué sólo unos cuantos llevan su experiencia
analítica hasta el final, pues ¿quién estaría dispuesto hoy a llevar su
análisis hasta el punto de parecerse a Diógenes?, un sujeto repudiado
precisamente por no consentir los ideales de su época. De todas maneras es
claro que una cosa es el cinismo de Diógenes y otra bien distinta la perversión
contemporánea. Siendo la actitud del filósofo cínico una posición responsable y
ética, mientras que la de la segunda es una posición subjetiva en la que el
sentimiento de culpa no aparece como movimiento reparador. La cura del
sentimiento de culpa implica responsabilidad ética, mientras que su no
tramitación, aun por factores estructurales, da como resultado una actitud
indolente y poco solidaria como la que se observa hoy en los sujetos al margen
de la ley.
Ni el analizado y menos el
analista, son sujetos al margen de la ley, pues la experiencia enseña que la
cura, en último término, es asunción de la ley, de los límites que impone lo real.
Si esto no fuera así sería algo lamentable y el psicoanálisis no podría ser
visto como algo respetable y honorable sino como un dispositivo peligroso que
atentaría contra el vínculo social.
En sexto lugar está la cura del
sentimiento de culpa, solamente, en la neurosis. La reducción de la presión
impuesta por el superyó es posible mediante una elaboración psíquica en un
dispositivo analítico. Ahora, la abreviación en la duración de las sesiones de
análisis opera, según parece, como un obstáculo y una resistencia a la misma
elaboración. En la estructura perversa el sujeto no sólo elude la culpa y la
responsabilidad por sus actos sino que la desmiente. Y en la psicosis, sobre
todo en la paranoia, el sujeto no se siente culpable, es decir dividido, en falta,
sino perseguido por culpa de otro, poniendo siempre la culpa y la
responsabilidad de lo que acontece en los demás, sin que pueda asumir las
consecuencias de sus actos. Siendo por este hecho, según la legislación
nuestra, un sujeto inimputable.
Ahora, es preciso decir, en
séptimo lugar y para concluir, que dispositivos como el control y el pase
operan del lado de la responsabilidad ética que se espera tenga el futuro
analista al final de su análisis. Elemento esencial (dicha responsabilidad) en
la práctica analítica que sólo parece conquistar el sujeto neurótico; siendo
esenciales hoy, más que en otras épocas, el análisis personal, los controles y
el pase como mecanismos de cualificación de la práctica analítica, pues el
despliegue de saber en las universidades hace creer, con suma facilidad, que lo
esencial en la formación de un analista es la elaboración teórica, que, si bien
es importante, en lo concerniente a la formación del analista, es un factor
accesorio, porque con ella no se alcanzan a inscribir en la subjetividad los
principios de la dirección de la cura.
Los principios se relacionan,
según una reflexión reciente motivada por Juan Fernando Pérez, en su seminario
sobre El sinthome, de Jacques Lacan, con los tiempos lógicos: instante de ver,
tiempo de comprender y momento de concluir, y, por otro lado con el concepto
aristotélico de “segmento de recta” donde se diferencian claramente los
principios, los medios y los fines, factores que se asocian, de manera lógica,
con los elementos temporales y constitutivos de toda experiencia analítica. El
concepto de sinthome es una condensación de santo hombre y de Santo Tomás de
Aquino y se vincula, de manera lógica, con las nociones de ideal del yo y de
superyó.
Ahora, es interesante pensar todo
esto a la luz de la racionalidad lacaniana presente en sus tres famosos
registros. Así, podríamos decir, si somos un poco osados, que los fines, o sea
la cura, se ubican en lo imaginario y hacen parte del instante de ver o de la
mirada, sin que se logren detectar, en este primer momento, las implicaciones
del final; los medios, es decir la palabra y el dispositivo analítico, se
encuentran en lo simbólico y constituyen el tiempo necesario para comprender y
elaborar, como en el caso que aquí nos ocupa, la destitución subjetiva del
superyó hostil. Y, finalmente los principios, esto es, los factores esenciales
sin los cuales no es posible conducir una cura, se ubican en lo real y
configuran el momento de concluir la experiencia.
Parece un poco arriesgado decir
que el final del análisis coincide con la inscripción en la subjetividad del
futuro practicante o no del psicoanálisis (como es el caso de Francois
Regnault), de los principios de la dirección de la cura, pero si atendemos a la
lógica de la clínica, presente en los análisis, en los controles y en el pase
advertimos que son los principios la pieza fundamental que todo pasador
verifica en el dispositivo creado por Lacan. En este sentido pensamos que no
hay final sin inscripción de principios y a éstos sólo los puede identificar
quien está a punto de concluir su experiencia o la ha terminado.
La terminación del análisis es,
pues, una cuestión que se puede verificar y no es una simple creencia que
circula y se sostiene a partir de lo imaginario, aunque, a decir verdad, hasta
ahora parece ser lo imaginario lo que ha sostenido tal creencia. A este
respecto vale la pena preguntarse: ¿qué indicios tenemos para inferir, entre
nosotros, que alguien ha conquistado el final? ¿Cuántos finales de análisis
conocemos de colegas nuestros en las “escuelas”? Así, hay que decir como
Diógenes con linterna en mano: ¿dónde está el analista? ¿quién lo ha visto?
¿cómo se le puede identificar?
Nota: Buena parte de la anterior
elaboración es fruto del trabajo personal del autor en el cartel titulado:
“Finales de análisis y formación del psicoanalista” y fue su manera singular,
con la que concluyó tal experiencia. La ponencia se llevó a cabo el 03 de Abril
de 2008 en la Nueva Escuela Lacaniana (NEL), sede Medellín, adscrita a la
Asociación Mundial de Psicoanálisis (AMP).
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